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personales de su autor como Maestro Masón

2 de junio de 2006

LA MASONERIA ESPAÑOLA ,(Un pasito pa´lante un pasito pa´trás)

Ya lo dice la canción de Ricki Martín, y es una cantinela que se repite en nuestra vida social, política y cultural, y que aflora a poco que hurguemos en nuestras heridas, inquietudes y prospectivas personales y masónicas

La masonería española es un fenómeno inentendible para el resto de las masonerías continentales. Nuestra compleja fábula política y social construida bajo el binomio de evolución-involución, y a base de fieras conjugaciones de épocas gloriosas de creación, de esplendor económico y explosión social con solapes de durísimos períodos, que podríamos calificar de “edad oscura”, algunos aún no tan lejanos, ha hecho que se impregnara tal “modus vivendi” en la intrahistoria de la sociedad y en la psique social de este país que resulta casi imposible soltar tal lastre, el cual amenaza con ahogarnos.

Aunque de tales enfermedades se ha ido recuperando y restableciendo como ha podido nuestra sociedad, dejando retazos de historia mal escrita y peor entendida, con perdones nunca dichos pero malentendidos, con rencillas nunca perdonadas y muchas veces silenciadas. Hubo un tiempo donde las venganzas nunca tuvieron juez, y si mucha parte…. Y así se ha ido trastabillando nuestra tradición histórica desde muy antaño, aunque la etapa del cruel “Señor Oscuro del Ferrol” ha dejado huella y escuela.

Pues bien, a ese imparable fenómeno histórico, por llamarlo o denominarlo de alguna manera, no ha sido ajena una organización como la masonería española, que ha vivido toda esa vorágine política-social, unas veces implicándose hasta la médula bien como organización, bien como una sociabilidad en acción desde una concepción individualizada con conciencia de ciudadanía que le llevó a difíciles situaciones; en otras ocasiones esa misma Orden y los propios masones han tenido que jugar el papel de ser meros espectadores ante una realidad que les sobrepasaba.

La virulencia de los estadios represivos sin sentido alguno, o la aparición de movimientos revolucionarios impactaron en el mundo burgués masónico, quedando éste en algunas ocasiones anonadado por lo que estaba aconteciendo. En buena parte no era esa la “res pública” que los masones habían soñado, o que estaban pregonando desde las escuelas neutras o laicas, o las mil y una acciones formativas krausoinstitucionistas que sostenían.

Así se ha ido hilando una historia masónica que ha sido entretejida por períodos de esterilidad, que tuvieron como resultado la pérdida de una importante transmisión oral, pues estoy convencido que la actual masonería española vive de esa permanente contradicción y axioma: tener que reconstruirse y construirse a si misma una y otra vez, es como la pesadilla de Sísifo hecha materia masónica.

En el último periodo masónico, comprendido entre 1912 y 1936 la masonería vivió de una forma comprometida en aspectos tan diversos y a la vez entrelazados como lo social y lo político, se imbuyó en lo cultural y lo íntimo y religioso, pero todo ello impregnado de una permanente contradicción, de hombres y mujeres que ansiaban la libertad y hablaban de ella, y se llenaban de espíritu masónico libertario, pero a veces esas creencias y vivencias se veían encorsetadas por un ritualismo, de vetustas reminiscencias caballerescas sazonadas de abundantes referencias bíblicas, tan extrañas como poco explicables. Tal vez por eso Azaña salió espantado, o por ese mismo motivo se daba esa constante lucha por explicarse y explicar la realidad masónica.

Se vivía una masonería encerrada en si misma, sin proyección de estudio y sin apenas referentes, se vegetaba para decirlo de una vez, entre la contradicción de estar asentados en la cultura de la ilustración liberal francesa con un ritualización anglosajona de corte dogmático. Cuestión que muy bien se explica, y ellos mismo se encargaron de exponer, me refiero a aquellos masones republicanos españoles que al llegar a Méjico se encontraron con una realidad masónica diferente, pero tan cercana a sus ideales, que de cuyo encontronazo ideológico masónico escribieron el opúsculo: “Porque nos fuimos del REAA”.

En esa permanente contradicción ha vivido la masonería española, que se ha imbuido en un quehacer afrancesado, cercano al Gran Oriente de Francia, pero desarrollada con una estructura ritualística anglosajona que deja poco lugar para que las logias se conviertan en transparentes viveros de sociabilidad en acción, y la propia vida masónica en una auténtica escuela de formación del ciudadano. Aún así con todo, se logró, pero con evidentes problemas y desentendimientos entre masones, tendencias y concepciones, un corpus, un saber hacer y decir, en suma se construyó una masonería jacobina que no jacobita, que representó el GOE.

Luego vino la diáspora mejicana y francesa. El masón español se encontró con una realidad distinta a la suya, fuertemente impregnada en cada sitio y lugar por lo que le correspondiera, en unos lugares pensando que España ya quedaba muy lejos, y habría que resignarse, y para otros todo estaba a la vuelta de la esquina.

El retorno a la península, de esa tradición perdida durante 25 años, trajo consigo a nuestro país una cargada carreta de aspiraciones, de contradicciones, desencuentros de tristes exiliados que creyeron poder poner un pica en Flandes, algunos de ellos corrieron en pos de los grados, de los Supremos Consejos, de la toma de posesión del territorio, y de las alharacas que les ofrecía Martín Villa, o las prebendas del stablisment postfranquista.

Y de nuevo la contradicción se instalaba en nuestras logias, basada muchas veces en el recrear sin mirar atrás, echando mano a lo inmediato y creando a imagen y semejanza, en función de lo que a uno le venía bien o le parecía que era masonería. Levantando reinos de taifas incapaces de darse la mano, en suma de entenderse ante la adversidad que nos atenazaba y nos atenaza, sin ser fraternos o solidarios con aquellos que son más pobres y que se resguardan de las miradas profanas donde podían y como podían, mientras otros desde la opulencia conceptual de la primacía del reconocimiento, sea liberal o dogmático, aun hoy niegan pan y sal a cuanto sea necesario.

Se levantan estandartes masónicos de carácter obediencial en cada esquina, se encumbra tanto y tan alto a algunos masones/as y seudo-obediencias que su realidad y nuestra realidad cotidiana se parecen tanto como una castaña a un “gochu”, que dicen por estas tierras, mostrándose dichas realidades cada vez más divergentes y más cóncavos unos de otros, y lo que es pero aún, sin solución de continuidad.

Por dicho motivo nos ganará la partida todo hijo de vecino, porque nuestro mundo de reflexión interna se está quedando en un puro mirarse en el ombligo del símbolo y del hábito, sin que por un instante nos hayamos parado a reflexionar como nos impacta y nos modela, incluso a contracorriente la sociedad del siglo XXI, y menos aún como debemos nosotros impactar en esa sociedad.

Seguimos adelante sin mirar que en otras latitudes los perfiles están claros y los linderos marcados, y cada uno sigue su riego con su particular arado, lo cual no es óbice para que no cooperen todos juntos por una realidad y un futuro común.

Y sin embargo, aquí en esta tierra, en esta piel de toro española hemos cercenado logias, proyectos editoriales, listas y foros, hemos segado nuestra propia proyección, y poco a poco nos vamos quedando como nos gusta más: solos e imbuidos en nuestra soledad, pensando en lo grande y auténticos que somos o fuimos, dando como dice la canción una pasito pa `lante, y yo creo que tres pa trás.

Razón por la cual siempre digo en el parvis del taller, que paren este tren que me bajo, que me voy a Europa, a buscar lo que aquí no hallo, el hilo, el concepto y la reflexión en libertad que en una ocasión hemos perdido y que no acabamos de encontrar. Y que quiera entender que entienda.

Víctor Guerra.
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