Lo expuesto en este blog, solo responde a los criterios
personales de su autor como Maestro Masón

21 de marzo de 2008

EL DURMIENTE

Encontré el otro día en el blog de un afable Hermano en ARTE REAL, un cuento de J.César Diaz Gran, al que no conozco, y es más ignoro si es masón, pero cuyo cuento me ha gustado y que tras solicitar el permiso de reproducción de ambos blog y autor pues les expongo a ustedes, porque hay trozos muy, pero que muy interesantes.

por J. César Díaz Gran

Estaba soñando que pescaba atunes en mi yate, cuando el “paverá-paverá-paverá” de una ambulancia me despertó en la silla de ruedas donde estoy condenado. Ahora, para mi, la diferencia entre el día y la noche, se reduce a la localización del escozor: en las nalgas o en la espalda. Desde mi balcón, puedo ver como en el paseo, agonizan los plátanos infectados por un cáncer de hongos asesinos; ellos, como yo, esperan ser sustituidos por otros mas jóvenes y resistentes.

Mi silla de ruedas es último modelo, no obstante, preciso de una sirviente que me acompañe a los paseos y de compras. Se trata de una joven india que recuerda a las que aparecían en las películas del oeste de mi juventud; es hermosa, pero su aparente mansedumbre no me hace olvidar, que pertenece a la raza que construyó el Templo del Sol en Machu Picchu, sólo la ambición de un Rey obnubilado pudo derrotarles. La acepté cuando supe de su pertenencia al manso cristianismo de una iglesia evangélica.

Es curioso, pero observo que la mayoría de los transeúntes en mi estado son mujeres ¿porqué? ¿los hombres se mueren antes ?… Otros circulantes son los bebes, inmóviles como budas o inquietos intentando saltar de sus cochecitos. Ya en edad tan temprana, expresan el temperamento que condicionará sus vidas.

Desde que estoy inmovilizado y a dieta, he desarrollado una autentica obsesión por los perfumes. Espero con impaciencia la llegada del verano para hundirme en el penetrante aroma de los jazmines. Me ha costado demasiado atender al olfato, los otro cuatro sentidos los he practicado con cariño y atención, en especial el gusto, que ahora, por prescripción facultativa, he debido abandonar. La vista, convenientemente asistida por unos espejuelos graduados, todavía es buena. Veo pasar un grupo de adolescentes, hermosas promesas de futuro, sus tetillas y caderas tienen un suave balanceo que todavía me inquieta. Siempre he considerado a la mujer superior al hombre, aunque sólo fuera porque sus orgasmos no están directamente asociados a la reproducción. Todo lo que supere las inmisericordes leyes evolutivas, es una esperanza de crecimiento hacia lo divino.

Recientemente tengo “lapsus” de memoria, no se si debidos a la distracción o a otra causa…, no quiero pensar en ello. Mi hija, que ahora ejerce casi de madre, me reprende los descuidos en tomar la medicación. En su papel protector, el otro día, manifestó no comprender porqué seguía pagando las cuotas de un club a cuyas reuniones no asisto. Ella no puede entender el significado de la iniciación. El hecho de pagar o no pagar las cuotas no es significativo, sólo es una forma, quizás patética, de imaginar que todavía formo parte de los constructores del Templo de la Humanidad.

Mi extracción es humilde, procedo del desamparo, de la carencia, de una religiosidad epidérmica, todo teatro, mal teatro. Mientras otros acudían a la Universidad con la ilusión de cambiar el mundo, yo trabajaba por cuenta ajena para que no se hundiera el mío: la familia. Esto me forzó a asumir el realismo conservador de lo escaso.

Recuerdo mi iniciación, el espejo que, con obviedad jesuítica, pretendía enseñarme lo que ya sabía: mi mayor enemigo era yo mismo. También recuerdo las espadas apuntándome, creí haber sido descubierto, después me tranquilizaron con palabras fraternales. No soy trigo limpio, pero lo sé, no como otros que se auto engañan y pretenden dar lecciones de ética al universo mundo, sin mirarse jamás a si mismos con un décimo del rigor con que juzgan a los demás. Sigo abonando las cuotas de mi Taller con la fantasía de que, al menos, colaboro a que se sigan encendiendo luces y pronunciando las mágicas palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

En una sociedad de triunfantes Otelos, yo he sido Yago, en ocasiones Lady Macbeth. Ante un mundo tan injusto, los Yagos como yo, hemos de acudir a la traición para alcanzar un destino. Con excepciones, la inteligente nobleza se hereda con el patrimonio.

El otro día recibí una llamada del Hospitalario de mi Logia, el hermano Odón, que me anunció su visita, fue una sorpresa agradable, nadie se había interesado por mí desde que dejé de asistir a las tenidas. Es posible que la causa de este descuido sea que la mayoría de los hermanos que me conocían están muertos o de baja. No obstante, estoy orgulloso de mi Logia, no es que sea grande o poderosa, más bien debería calificarla de chiringuito masónico, pero, para mí, acostumbrado a navegar por las procelosas aguas de las grandes instituciones, su pequeñez y nula influencia me producía un efecto parecido al de cuando de niño veía el teatro de marionetas. Sus ideales, símbolos y rituales, me emocionaban por su misma incapacidad para afectar al mundo real que tan bien conocía y del que necesitaba apartarme, aunque sólo fuera durante un rato.

Nunca busqué ni pretendí presidencias, ni honores excesivos, siempre dejé estas vanidades compensatorias para otros más necesitados, lo que no fue óbice para que, si detectaba, cosa rara, una mente poderosa, secretamente la ayudara a realizarse. En este aspecto creo que he sido un buen masón.

El día y la hora señalados se presentó el hermano Odón, un hombre joven, casi elegante, portador de una sonrisa que conocía. Había alcanzado el tercer grado, pero me demostró desconocer la geometría. Se mostró hábil e informado en todo lo referente a política y sociología. Finalmente abordó el tema que lo traía. Con mucha diplomacia me informó de lo que ya sabia, que no se puede pertenecer a una Logia sin un mínimo de asistencia, mi situación actual, de acuerdo con los reglamentos, debía ser la de durmiente.

Seguimos conversando, era licenciado en telecomunicaciones, un entusiasta de la tecnología. Estuvimos un buen rato especulando sobre el futuro de las redes de comunicación. Entonces tuve una idea. Le propuse instalar en Occidente del Templo un ordenador portátil con “Web Cam”, para que yo pudiera asistir a las tenidas desde mi despacho. Incluso, con su colaboración, podría participar en los debates. Le aseguré que mi contribución al tronco de la viuda sería generosa.

Argumenté que el futuro de la masonería dependía de cómo se integrara en la Red de redes como una servidora universal de trascendencia humanística; en la Red, su pensamiento se difundiría y fructificaría. En mi delirio imaginé que los Templos futuros serían simulaciones tridimensionales, sus columnas bases de datos, el guarda templo un antivirus y el Venerable: el Master de la Web. Finalmente me atreví a vaticinar que la presencia física llegaría a ser obscena. El hermano Odón quedo sorprendido por mi propuesta, pero no se atrevió a negarse, me aseguró que sería presentada. Demoró tres meses la respuesta. Esta noche he asistido a mi primera tenida en red.

La experiencia ha sido negativa, un error. La soberbia, el primer pecado conocido, me cegó. Ahora sé que sin presencia nada valioso es posible. Hasta los dioses tuvieron que encarnarse. Lo presencial es cualitativo, básico: la libertad de la mirada, la luz, el sentido del tiempo y el espacio… Todo se pierde en la retransmisión; tuve la impresión de estar ante un programa de televisión, una ficción, una mala representación: El guión era inconexo, la dirección lenta, los actores muy malos.

Todo lo importante es presencial: el nacimiento, el amor y la muerte. Yo, el inválido, soy el precursor de un futuro que rechazo. No es posible el espíritu sin la carne; la promesa de su resurrección es lo más sugestivo del cristianismo; por ella, y sólo por ella, estuve a punto de confesar mis pecados a un desconocido con sotana.

Hoy he escrito a la Logia, aceptando mi definitiva situación de durmiente.

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