Lo expuesto en este blog, solo responde a los criterios
personales de su autor como Maestro Masón

19 de abril de 2008

El catecismo republicano de Diego Martínez Barrio



El historiador y buen amigo Leandro Álvarez Rey devuelve la voz al político sevillano y hacer emerger la figura gigante de un hombre liberal y un convencido demócrata y francmasón

Resulta paradójico que en medio de la tendencia actual de recuperación de voces y testimonios personales de las víctimas de la represión franquista y de la notable tarea de rehabilitación que han emprendido fundaciones vinculadas a organizaciones políticas y sindicales, la memoria institucional de la República y de aquellos que la representaron en sus principales magistraturas (si exceptuamos el caso de Azaña) siga siendo la gran olvidada del panorama historiográfico español.


Diego Martínez Barrio, presidente del Gobierno de la República y de las Cortes del Estado en la última etapa de la Guerra y durante el exilio, es ejemplo paradigmático de esta ignorancia, acentuada, en su caso, por las descalificaciones que Alejandro Lerroux y Alcalá-Zamora vertieron sobre su persona y, tal vez, por su sincera autocrítica que contrasta con las posturas auto-exculpatorias de otros responsables republicanos; leyenda en que se ha mecido, por cierto, buena parte de la crítica histórica que sigue dando una visión sesgada de su personalidad.


Es cierto que Martínez Barrio contó con amigos que demostraron su lealtad dentro de las filas republicanas y despertó simpatías en personalidades de ideología muy dispar que supieron reconocer su sentido del equilibrio político y su valía personal. Sin embargo, las insidiosas acusaciones pesaron más que sus descargos y fueron elevadas a categoría de "verdad oficial" en el proceso de 1941 por el que sería condenado, en ausencia, como modelo de antipatriota y taimado masón.

Deshilar esta fruncida malla de descalificaciones, en la que se cruzan las sospechas de sus correligionarios con las condenas de sus enemigos declarados, para recuperar con objetividad la dimensión real del hombre y del político, no es tarea fácil y una manera, inteligente, de empezar a hacerlo es dejando al protagonista que se defienda con su palabra como ha conseguido, permaneciendo en un discreto segundo plano, el profesor Leandro Álvarez Rey.

La recopilación que ha reunido, después de años de investigación en archivos públicos y privados, puede calificarse de enciclopédica. Más de 800 páginas de discursos, mítines, artículos de prensa, alocuciones radiofónicas, declaraciones institucionales, circulares dirigidas a cargos políticos andaluces, apuntes y evocaciones personales... organizadas en ocho secciones desde la juventud al destierro, con especial atención a las declaraciones en las horas decisivas de la Segunda República y la Guerra, pero sin descuidar la intrahistoria de la masonería y de la política doméstica del partido radical.Indagar en estas últimas permite despejar las primeras dudas sobre la maltratada imagen del político republicano.


La masonería fue, en opinión de Álvarez Rey, factor fundamental en su formación pero Martínez Barrio nunca utilizó la República para promover los ideales masónicos, si acaso, al contrario, se sirvió de la red de las logias andaluzas para cooptar apoyos en su gobierno republicano. Algunos le acompañarían en la primera aventura política de formar un Bloque Responsabilista durante la Dictadura de Primo.

La iniciativa no llegó a buen puerto pero puso las bases de su línea ideológica en el seno del partido radical de Alejandro Lerroux. Una posición moderada en lo político y posibilista en la gestión que ha sido destacada por Octavio Ruíz Manjón.Como titular de la cartera de comunicaciones del gobierno provisional de la República empieza a definir su estilo de político sobrio y responsable que siempre le acompañó. Una postura de defensa de la legalidad que consiguió aglutinar a muchos descontentos del desbordamiento por la izquierda de joven República y atraerse a antiguos monárquicos.



La misma actitud que exhibió en el gobierno de 1933, tratando de evitar el secuestro de la legalidad republicana por las fuerzas filo-fascistas de Gil Robles, que le obligó a renunciar a su cargo -quizás el único reproche que se puede hacer a su gestión- que no haría sino empeorar las cosas.En momentos determinantes luchó por abrir un espacio político de centro en la malherida República, hasta querer salvarla durante la agonía de julio del 36, tratando de reunir un gobierno de concentración nacional que pudiese levantar el régimen de su deriva.

Una iniciativa que como otras, fue primero incomprendida y, más tarde, desvirtuada.En conjunto, los textos aquí reunidos permiten trascender la dimensión del prócer republicano, incluso del líder de la nación en su etapa presidencial, para erigirse en ejemplo de una actitud de servicio al orden y a la democracia que, lamentablemente, no fue secundada por toda la izquierda republicana. Es más, desde su verbo puede reconstruirse la historia española de la primera mitad siglo XX, con las luces de una cultura democrática en ciernes y las sombras de un clientelismo decimonónico del que, a su modo, también participaron los republicanos.

El estudio introductorio de Álvarez Rey (que por sí mismo tiene fuste para un libro independiente) concluye recordando los años del exilio, tristes porque se fueron cerrando sucesivas esperanzas de resurgimiento y, casi más, por las divisiones internas de los exiliados. Lenta extinción de una República de hombres rectos y cabales, que no pudo ser... y que además quiso ser callada. Martínez Barrio le devuelve la palabra este 14 de abril de 2008.

Jaime García Bernal

16 de abril de 2008

LA SECTA DEL PLACER



De nuevo Giacometti y el Hermano Ravenne, han puesto en el mercado español su segunda novela, que no entiendo porque le han puesto ese título, cuando el suyo en la tierra de Apollinaire es la Conspiración de Casanova, tal vez crean los mercaderes editoriales que los españoles somos unos incultos y hayan pensado que nada nos debe decir el personaje de Giacomo Casanova, y por ende están convencidos de titulando el libro la Secta del Placer pues atraigan a más compradores.

Está claro que debo entender poco de mercadotecnia editorial.

Lo cierto es que le libro como casi todos dedicados a estas escenografías se dejan leer con cierta comodidad y rapidez , y más este último libro que abandona en parte el río discursivo del anterior novela , para meterse en esta ocasión más en el triller policiaco masónico.

En La Secta del Placer encontramos más andanzas del Comisario Marcas, enrolado en esta ocasión en perseguir por orden directa del Ministerio, y de forma indirecta por la propia Masonería, aquí ya no está tan definida que tipo de Obediencia está detrás del encargo y la presión por resolver con “discreción “ el asunto, para desvelar el misterio de porque un ministro se ve envuelto en un “polvo a muerte”

Pues de eso va la trama en la que se ve envuelto Marcas, es desvelar el asesino u asesinos de una serie de personajes que mueren en pleno climax sexual, que realizan en base a técnicas sexuales tántricas, si bien no se explican en que basan exactamente, pero las cuales resultan mortales para los implicados, y como viene siendo habitual de por medio están los locos, a los que debe descubrir ya metido plena faena de investigación.

Finalmente se ve la mano de una secta que utiliza todo ello para el placer egocéntrico de un líder denominado “Dionisios”, y con una presencia omnipresente así como la de Giacomo Casanova, todo un icono al cual tampoco parece que le saquen el jugo debidamente.

Si bien en el Ritual de la Sombra la trama se envolvía y se enrolaba en los vericuetos y formalidades rituales de la masonería, en esta ocasión la trama masónica es más un decorado de trasfondo que parece justificar la firma del autor masón pero poco más. Esa presencia es más tangencial, en muchos casos deja una nebulosa sin resolver y da la impresión de ser una novela más primeriza que la anterior la del Ritual de la Sombra, más circular y completa.

Si Dam Brown llevó a su opusiano asesino a Oviedo en la novela El Código Da Vinchi, Giacometti y Ravenne no han querido ser menos y aparte de meter menos en la trama una cantante española en plena secta, sitúan al Comisario Marcas y a su mujer-talismán, [siempre le colocan una en su vida de solitario policía-masón, aunque parece que aquí la cosa no va a mucho más allá de una atracción filial y de solidaridad con un antiguo frater de Logia] en Granada y en plena Semana Santa, con un Marcas laicista beligerante con las tumultuosas procesiones religiosas de la citada época.

En general me ha gustado menos la novela que la anterior, creo que a veces le falta resolución, y en otras partes hay nudos gordianos que hubieran podido ser mejor explotados y se quedan un tanto inermes, entre los cuales la masonería como arquetipo podía jugar un papel importante y resolutivo, en este caso es un visillo que nubla más que ayuda además remarcar ciertos tópicos en el uso y mentalidad popular.

Tal vez el libro se me haya caído un poco de las manos, cuando Giacometty y Ravenne me ha llamado a mí y a los de mi especie, los aficionados a la bicicleta de montaña, masoquistas,

Y eso pese a que hablé bien de la anterior novela, no sé que les habré hecho, para que a mi amigo Jiri Pragman le ponga tan bien y a mi me califiquen de masoquista, tal vez hablaron con una tía abuela mía que le comunicaba a su Hermana que le habían dicho que so era masoquista en vez de hiramista o masón. Bromas aparte, recomiendo la atractiva y atrayente lectura que edita Plaza y Janes y que por 19 Euros, o por un simple préstamo bibliotecario pues se pueden pasar unas horas de asueto masónico-literario y espero con fervor se traduzca su última novela los Hijos de la Sangre.
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