Lo expuesto en este blog, solo responde a los criterios
personales de su autor como Maestro Masón

10 de febrero de 2010

EL ENEMIGO JUDEO-MASONICO

IMG Las nuevas generaciones de investigadores sobre las cuestiones masónicas, empiezan a despuntar, y empieza a darse entre algunos de esos jóvenes un cierto distanciamiento conceptual y epistemológico a la hora de abordar la historiografía de masonería en sus distintas vertientes de sus viejos referentes, mientras otros siguen la estela positivista  y hasta simplista de contra logias y masones como quien anilla aves, sin distinguir sin son anátidas, palomos zuritos, o gavilanes.

Tal vez la culpa la podamos encontrar, en parte en la facilidad que aporta el Archivo de Salamanca para poder articular de forma fácil todo una ponencia masónica, si vamos a la mayoría de las presentadas no salen de los archivos de Salamanca y por esa razón entiendo el enfado de colegas como Alberto Valín, o el distanciamiento de Luis P.Martin o de otros investigadores de esas líneas de trabajo tan habituales en la bibliografía masónica española.

En ese sentido hay que decir que hubo o hay toda una escuela que  marcó a toda una generación, y de cuyas señas  hay que ir alejándose, y el libro que hoy presento lo hace de una forma singular y además deja patente esos acercamientos superficiales de otros que le antecedieron en el abordamiento de las temáticas complotistas, tal vez porque la formación del investigador está fuera, o sea que su formación se vincula  fundamentalmente a la Ecole des Hautes Etudes en Sciencies Sociales de Paris, siendo actualmente Profesor Titular  de Civilización Española en la Universidad de Paris XIII.

Estoy hablando de un joven  como Javier Domínguez Arribas, al que conocí desde hace ya dos simposios del CEHME, y aunque si libro que aquí ilustra el post,  ha sido presentado por los grandes padrinos como Diego de Ojeda, director de Casa Sefarad-Israel, entidad organizadora del acto de presentación con Carlos Pascual, presidente de la editorial Marcial Pons Ediciones de Historia; José Antonio Ferrer Benimeli, presidente de honor del Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española (CEHME); Gonzalo Álvarez Chillida, profesor de la Universidad Complutense de Madrid,

Sobre esta obra, la editorial Marcial Pons Ediciones de Historia dice: "Aunque en la España de los primeros años del franquismo apenas había judíos ni masones, la propaganda del régimen quiso presentarlos como dos fuerzas estrechamente ligadas que conspiraban sin descanso contra los intereses patrios. Cabe preguntarse por qué dos grupos tan minoritarios y tan diferentes fueron considerados conjuntamente por la propaganda oficial como el gran enemigo judeo-masóncio a combatir. ¿Qué beneficio se obtenía? ¿Qué había tras esta suerte de rival imaginario?

El presente libro estudia la propaganda antisemita y antimasónica de los inicios del franquismo (1936-1945). Se analizan los contenidos de periódicos, folletos y libros, pero también los de otros medios de propaganda menos estudiados (octavillas o carteles). Aquí se ofrece al lector una explicación del origen del mito judeo-masónico, una interpretación de sus funciones y una indagación sobre la postura de Franco y el papel que desempeñó, un aspecto poco conocido aún. Estamos ante una historia a menudo sorprendente en la que se cruzan integristas católicos, periodistas, masones arrepentidos, pretendientes al trono, oscuros escritores, falangistas más o menos fanáticos, espías y falsarios de condición diversa".

Pero en esta ocasión no deseo dar yo la crítica sino seguir a Rafael Núñez Florencio de El Cultural.es en su crítica, que creo más acertada que la mía:

“Los españoles que vivieron bajo la dictadura franquista nunca podrán olvidar las alocuciones del propio Franco, sus ministros y otros altos responsables políticos contra la alianza judeo-masónico-izquierdista que, supuestamente, siempre al acecho, pretendía subvertir o romper España. Cualquier opositor al régimen sabía además que aquellas amenazas no se quedaban en mera retórica sino que constituían normalmente el anuncio de una represión que se aplicaba con manifiesta discrecionalidad, asimilando a la condición semita, masónica o marxista a todo el que luchara por el restablecimiento de las libertades o se atreviera a discrepar. Que esa inquina se manifestara contra las fuerzas de izquierda en general y contra los comunistas en particular -el adversario por antonomasia durante la guerra civil- tenía todo su sentido y no requiere explicación alguna.

Pero ¿qué pintaban los otros en el cuadro de honor de enemigos del régimen? Una pregunta -o una perplejidad- que surge de la constatación de que en España no había judíos como comunidad visible desde la expulsión de 1492 y que la masonería como organización había tenido siempre en nuestro país -pese a lo que se afirma a menudo desde tribunas conservadoras- una influencia bastante limitada, debido en buena parte a que las logias no contaban con muchos miembros (unos 5.000 militantes en 1936). Es verdad que hubo durante la República masones prominentes en puestos clave, pero ellos habían sido barridos por el huracán de la guerra civil y sus redes, destruidas o neutralizadas.
No obstante, dejando ya aparte a los comunistas, que no son objeto de este trabajo, un peculiar antisemitismo (muy distinto al nazi o al de otros Estados fascistas) y una proverbial animosidad antimasónica distingue al sistema franquista desde sus orígenes. La reiteración durante décadas de furibundas proclamas contra esos grupos pudo conducir paradójicamente a una saturación que, aún hoy, impide el entendimiento cabal de aquella obsesión.

Empezando, por ejemplo, con un dato que a muchos les parecerá sorprendente y que se destaca en este libro desde los compases iniciales: la expresión “contubernio judeo-masónico” no aparece en el período que aquí se estudia, el correspondiente al llamado primer franquismo. No es la única falsa creencia que hay que combatir, pues aún más importante es deshacer el prejuicio de que se trata de un tema trillado. Muy por el contrario, como también se subraya desde el principio, hay muy poca bibliografía específica sobre las cuestiones concretas que aquí se abordan. Por ejemplo, gracias sobre todo a la labor de Ferrer Benimeli, conocemos muchos datos acerca de la masonería española, pero bastante menos de su contrario, el antimasonismo militante y doctrinal. Algo no muy distinto puede decirse de los judíos (en este tramo histórico) y el antisemitismo hispano, aunque en este caso contamos con la magnífica síntesis de Alvarez Chillida El antisemitismo en España. (M. Pons, 2002).

Tiene razón por tanto el autor, Javier Domínguez (1975), cuando destaca que falta un estudio sistemático y en profundidad sobre la materia que aborda, que es, no lo olvidemos, la amalgama y representación que hace de esos colectivos la propaganda franquista y no la atención a los judíos y masones reales (enfoque que, por otra parte, no daría mucho de sí, dada la escasa presencia de ambas comunidades en el ámbito español). Esa paradoja es la que ilumina el sentido de esta investigación -tesis doctoral en su origen-, que pretende rastrear la lógica interna del discurso franquista para explicar por qué se yuxtaponen dos grupos tan minoritarios y tan diversos entre sí y, sobre todo, cuáles son las funciones que desempeña su presencia machacona en la propaganda franquista. Dicho de otro modo, ¿que pretendía el régimen al señalar enfáticamente a esas colectividades como sus enemigos señalados?

Para contestar a esas cuestiones, Domínguez comienza por examinar los “condicionamientos” en dos sentidos distintos pero convergentes: la genealogía del enemigo judeo-masónico en la tradición española (destacando el papel que desempeñaron en la construcción del mito conspiratorio el rancio catolicismo y el pensamiento reaccionario dieciochesco) y la posición personal de Franco respecto a esas cuestiones. Resulta especialmente reveladora la actividad de una misteriosa red de información denominada crípticamente APIS que, según el autor, estuvo suministrando falsos informes masónicos al Caudillo, que éste tomaba por auténticos y que, siempre según el investigador, fue determinante en el rígido antimasonismo del dictador. Es un asunto de importancia que lleva a concluir que, mientras esta manía “marcó su pensamiento de manera obsesiva”, el antisemitismo “nunca fue un rasgo definitorio de las ideas del Caudillo” (p. 154).

Las dos partes centrales de la obra están dedicadas a estudiar las características concretas del discurso franquista contra judíos y masones durante la guerra civil y II Guerra Mundial, respectivamente. En el primer lapso (1936-1939) se destaca la labor de una editorial que llevaba irónicamente el título de Ediciones Antisectarias y de su fundador, el sacerdote barcelonés Juan Tusquets; en el segundo período, el protagonismo se lo lleva Ediciones Toledo (1941- 1943), con otro nombre propio indiscutible, el del mallorquín Francisco Ferrari. Aunque con matices distintos, el resultado de ambas actividades editoriales fue una colección de panfletos, de elevadas tiradas, que se movían siempre en la órbita de un catolicismo muy tradicional y unas acusaciones apocalípticas contra la hidra judeo-masónico

La cuarta y última parte de la obra recoge todos los hilos anteriores para contestar a las grandes cuestiones propuestas desde el principio, con dos derivaciones fundamentales, el uso del discurso antimasónico como arma política y la utilización del espantajo judeo-masónico como factor de cohesión en las filas franquistas. Según Domínguez hubo cuatro grandes razones para que el franquismo asumiera y desarrollara esta hostilidad: una función explicativa de la realidad en forma mítica, muy rentable en términos propagandísticos; una simplificación ideológica, con una clara delimitación del enemigo “antiespañol”; una legitimación en términos nacionales y religiosos frente a una conspiración de tintes anticristianos e internacionalistas y, por último, el esbozo de un referente casi demoníaco que no sólo permitía, por contraste, reforzar una recta identidad colectiva sino que justificaba la existencia de un poder fuerte (y con ello la restricción de libertades).

Todos esos cometidos estaban, como es obvio, profundamente imbricados y tenían incluso desviaciones sorprendentes como las veladas acusaciones de connivencia con la masonería entre las diversas facciones franquistas como instrumento para quebrantar a los competidores. Hay que subrayar en este sentido que la aversión antimasónica siempre fue más importante -hasta en el propio Franco- que la predisposición antijudía. Aunque el afán puntilloso del autor le lleva a señalar al final algunas cuestiones aún pendientes de dilucidar (desde la dimensión internacional a la recepción de ese discurso en la sociedad española de la época), lo cierto es que su libro constituye un exhaustivo estudio del tema que no deja casi ningún hilo suelto, tan sólido en el aspecto documental como bien ordenado y pulcramente escrito”.

 

Para Ilustrar este trabajo , se me ocurre exponer un trabajo de un buen amigo y profesor Juanjo Morales

Uno de los enemigos de España


por Juan José Morales Ruiz[1]

Es noviembre de 1939. Pasa en un aula de un colegio de Zaragoza. Hace un frío enorme. Es por la tarde, casi en la última hora de clase. El maestro habla de la Batalla de Teruel. Los niños han oído hablar de la guerra otras veces, muchas veces. Todo el mundo habla de la guerra.

Hacía mucho frío en los montes de la Sierra de Javalambre. Había cantidad de nieve. Y el viento apagaba los faroles que iluminaban las tiendas de campaña. Uno de los soldados de la compañía es extranjero. Habla poco, y muy mal el español. Pero todo el mundo lo respeta porque ha venido voluntario con las tropas italianas, aunque es de nacionalidad belga.

El maestro cuenta que el soldado extranjero decía que había disparado muchas veces, sin tirar a dar, que no había matado ni a un sólo enemigo. Decía que sabía que alguna vez tendría que hacerlo, y que entonces lo haría, porque todos los hacían (”sin querer”, insistía el maestro, “pero lo hacían”). Y, sin embargo, el enemigo estaba lejano, siempre lejano, nunca cerca.

Era, en realidad, como uno de los siete enemigos de España que salían en el Catecismo Patriótico Español de Fray Albino González Menéndez-Reigada. [2]

El más temible de los enemigos de España”, nos leía el maestro, “por ser el peor, por ser el más malo, es el judío. Manda en los rojos, siempre se oculta, nunca lucha a cara descubierta, y tiene todo el dinero del mundo para conquistar los corazones”.

“-¿Cuáles son los enemigos de España?

- Los enemigos de España son siete: el liberalismo, la democracia, el judaísmo, la masonería, el capitalismo, el marxismo y el separatismo”.

Y dejaba de leernos el catecismo porque hacía frío, y entonces nos ponía a rezar el Rosario. Miles de Avemarías, centenares de Glorias y de Padrenuestros. [3]

Siempre los Misterios Dolorosos. Y la larga Letanía, todo en latín. Y un silencio y un miedo enorme, cuando el maestro nos recordaba las historias vividas por él y sus compañeros en la guerra. Y sobre todo, la historia de este soldado belga, enrolado en las tropas de voluntarios italianos. Porque el maestro un día nos dijo que ese belga era judío.

Parece que se había enrolado a última hora en el bando franquista, pero era de los que no tiraba a dar. Es decir, más enemigo que amigo. Y cuando el maestro decía que el belga era más enemigo que amigo, por algo sería. Nos daba miedo. Temíamos que pasara lo peor. Que alguien lo hubiera denunciado al mando y que lo hubieran fusilado, como a tanta gente. Por otra parte, nos decíamos que si era judío, no podía ser bueno.

En el Catecismo Patriótico Español se decía que “el judaísmo es el sistema político-social que adoptó el pueblo judío después de haber dado muerte a Cristo, para dominar al mundo, según sus profecías; y como no puede satisfacer sus ansias de dominación sino debilitando o destruyendo los pueblos civilizados y cristianos, considera lícitos todos los medios para llegar a ese fin, sembrando toda clase de errores, propagando toda clase de inmoralidades, fomentado partidos y discordias en las naciones y hasta procurando guerras con las cuales los pueblos mutuamente se aniquilen”.

Pero, si eso era así, entonces ese soldado belga no podía ser judío. O si era judío, no podía ser enemigo, porque él no mataba a nadie, pero cualquiera le llevaba la contraria al maestro.

El peor enemigo de España era el judaísmo y la masonería. La culpa de la guerra la habían tenido los judíos y los masones. Incluso si, después hizo frío, mucho frío ese invierno, o hacia un calor horrible, en verano, era, sencillamente, por culpa de los judíos. Ya lo había advertido el Caudillo, una y mil veces, como nos recordaba el maestro:

“El enemigo no descansa, ni se rinde jamás”.

El enemigo es invencible. Está en todas partes, y en ninguna. No tira a dar...

Nuestro maestro nos explicó que al belga lo mataron un día los rojos con una bala ciega que rebotó en una piedra. Creo que luchó en la guerra en el bando equivocado, murió por un tiro equivocado. Pero, decía que había sido bueno que muriera, porque era judío, y por lo tanto enemigo de España, como los masones, aunque estaba luchando en el bando nacional.

El maestro nos decía que el belga hablaba poco, fumaba y bebía mucho, y se reía bastante. Nos decía que con las colillas de los cigarrillos simulaba los vuelos en picado de los aviones que bombardeaban los montes helados, llenos de nieve de Javalambre.

Y, desde luego, en esas historias de amigos y enemigos de España siempre salía el belga, incluso después de que lo mataran. En realidad el belga sin duda era un enemigo, porque era judío como los que mataron a Cristo… Aunque eso nos parecía imposible porque él nunca tiraba a matar.

Los enemigos de España son siete”. Y un chaval de la clase decía en voz baja, procurando que no le oyera el maestro:

Los enemigos de España son siete… el frío, el hambre, el miedo, el no poder hablar, el tener que cantar El Cara el Sol, y aquellas canciones, los curas y el maestro...

Entonces, todos nos quedábamos como petrificados, en un silencio espeso. Llenos de miedo, porque nos parecía una burla peligrosa. Burlarse del catecismo era una osadía, era una cosa poco prudente. Ese chico era un poco igual que el belga, su padre había sido rojo y no volvió de la guerra.

No es que fuera judío, porque los niños en 1939 no éramos judíos, pero es verdad que cualquiera que lo oyera podía haber pensado, que él también era de los enemigos de España. Bueno, él, y nosotros, e incluso el hijo de un falangista que estaba en una clase con los más mayores y también se reía de ese catecismo.

Nosotros también éramos enemigos de España, o al menos eso es lo que nos decía enfadado el maestro cuando se hartaba de nuestro griterío. Todos éramos enemigos de España. Sí. Y cogía una regla de madera, y nos pegaba con rabia, llamándonos hijos de rojos.

Y nos decía que nos iba a fusilar fuera, detrás de la tapia del colegio, si no guardábamos el debido silencio. Y cuando parecía que se calmaba, seguíamos con los Misterios Dolorosos. Otra vez con los Misterios Dolorosos. Siempre con los Misterios Dolorosos.

La Madre de Jesús también era judía.

“Pues también era enemiga de España”, nos decía burlándose el chaval que se reía del catecismo, cuando no nos oía el maestro.

Y su Hijo, también era enemigo de España. Jesucristo era enemigo de España, porque Jesucristo era judío.

El caso es que un día, el chaval no vino a clase. Nos dijeron que tenía unas fiebres muy raras y que se estaba muriendo. Pero, no se murió por burlarse de los enemigos de España. Eso lo sé yo. Se murió porque en noviembre de 1939 hacía mucho frío en todas partes, porque teníamos hambre. Y teníamos miedo.

Debía de estar medio tuberculoso, como lo estábamos todos los chavales de su edad, o por lo menos tosía mucho y echaba unas babas muy negras. Nuestro amigo se murió porque se tenía que morir, porque no tenía padre, porque su madre era muy pobre, porque su familia había perdido la guerra… Se murió, por un sin fin de razones, pero no por lo de los siete enemigos de España. Eso no.

Lo sé, porque un día me lo dijo: “Los enemigos de España, no existen”. Eso me parecía muy fuerte, pero yo también bromeando, le respondí: “Claro, no existen porque sencillamente, no existimos”.

Y dejamos de hablar de eso de los judíos y de los masones. Dejábamos de hablar de los siete enemigos de España. Dejábamos de hablar de esas cosas, porque nos daba miedo. Y porque nuestro amigo había muerto, y después no había nadie que se atreviera a burlarse del catecismo, ni del maestro.

Rezábamos los Misterios Dolorosos. Siempre los Misterios Dolorosos. Misterios Dolorosos son cinco. El primer misterio: La Oración en el Huerto. El segundo: La Flagelación del Señor. El tercero: La Coronación de Espinas. El cuarto: El Camino del Calvario. Y el último: La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor.

Siempre rezábamos el Rosario. Siempre teníamos miedo. Y teníamos hambre. No parábamos de rezar, ni de ir a misa, nunca. Había una iglesia al lado del colegio. Estaba fría, y llena de polvo. Todos los días había un funeral, con su catafalco y los velones y los cirios negros.

Y, por la tarde, cuando llegaban las restricciones de luz, encendían una vela en el pasillo, entre clase y clase. Y entonces, el maestro nos hacía rezar el Rosario con su larga letanía y las plegarias. Pero, me acuerdo que nunca rezamos por ese soldado extranjero, ni por el chaval que se burlaba del catecismo patriótico. No me atreví a preguntar por qué. Eran judíos o masones. No sé.


[1] Juan José Morales Ruiz, es Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona. Profesor Tutor de Historia Contemporánea de España de la UNED de Calatayud. Es miembro del CEHME

[2] MENËNDEZ-REIGADA, Fray Albino G, Catecismo católico español, Barcelona, Ediciones Península, 2003

[3] Los cinco Misterios Dolorosos: Primo, Dómini Nóstri Iésu Chrísti oratiónem in horto contemplamur, et dólor pro peccatis nostris pétitur. Secundo, Dómini Nóstri Iésu Chrísti flagellatiónem contemplamur, et córporum nostrórum mortificátio pétitur. Tertio, Dómini Nóstri Iésu Chrísti spinis coronationem contemplamur, et supérbiæ mortificatio pétitur. Quarto, Dómini Nóstri Iésu Chrísti crucis baiulatiónem contemplamur, et patiéntia in tribulatiónibus pétitur. Quinto, Dómini Nóstri Iésu Chrísti crucifixiónem et mortem contemplamur, et súi ipsíus donum ad animárum redemptiónem pétitur.

  Víctor Guerra MM.:.

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