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personales de su autor como Maestro Masón

9 de octubre de 2010

Las raíces profundas de la política antimasónica en el pensamiento tradicional español (2ª parte)

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por Joan-Francesc Pont Clemente
Profesor de la Universidad de Barcelona
y Presidente de la Fundación Francisco Ferrer


Durante los siglos XIX y XX, el antimasonismo recurrirá a cuatro frentes de batalla para atacar a la Orden: su anglofilia, su semitismo, su satanismo y su comunismo[i]. La identificación entre francmasón y liberal –en el mejor sentido de esta palabra nacida en las Cortes de Cádiz-, y la de ambos conceptos con el de judío, va a ser una de las convicciones vertebradoras de la España blanca, cuyo abanderado fueron primero los carlistas y, más adelante, el franquismo[ii].

La constitución apostólica Quo graviora de Leon XII contra los francmasones y contra cualquier sociedad que tuviera por fin conspirar en detrimento de los poderes de la Iglesia y del Estado, de 13 de marzo de 1825, será profusamente difundida en España durante el año 1827, llegando a incorporarse como Derecho interno al ser publicada en la Gaceta de Madrid. Los mismos enemigos de la Francmasonería lo serán de cuantas personas propugnaron en España una religión liberal, incluso, un catolicismo liberal. Así un Abogado barcelonés, oculto bajo las iniciales P.G., publica alrededor de 1870 un opúsculo de un centenar de páginas de pequeño formato titulado El catolicismo liberal ante el tribunal de la Historia, la Teología y el Derecho público eclesiástico[iii], en el que combate férreamente la nefasta idea de la separación entre la Iglesia y el Estado, y la todavía peor, de la tolerancia religiosa (que teme llegue a regir, por desgracia, olvidándonos de los destinos de España…) . En 1885, la Tipografía Católica de San Francisco de Sales publica Victorino – aventuras de un joven romano víctima de la francmasonería, cuyo original italiano había aparecido en la Civiltà Cattolica, en una traducción de Paulino de Aransolo y Aranguren. Es una historia abracadabrante y aburrida destinada tan sólo a oponer las bondades de la sumisión moral de los católicos a la maldad intrínseca de cualquier esfuerzo de autonomía ética: destaca la descripción de los esfuerzos clericales, por convertir en el lecho de muerte al francmasón liberal.

Del 16 al 19 de septiembre de 1896 se celebra en Trento el Primer Congreso Antimasónico Internacional. Como no podía ser menos, dos conspicuos representantes de la España blanca serán entusiásticamente recibidos: el diputado carlista Juan Vázquez de Mella (1861-1928) y el pretendiente carlista para convertir la Monarquía española católica en todavía más católica, inspirada en un absolutismo sin fisuras y en el combate contra la Nación (por ejemplo, es característica su oposición al Registro Civil, al matrimonio o a los cementerios civiles), quien deseaba llamarse Carlos VII [Carlos María de Borbón y Austria-Este (1848-1909)] . Allí este personaje añadiría una nueva acusación contra los francmasones, que todavía resuena en nuestros días: que la culpa de la pérdida de las colonias de ultramar fue de los francmasones. En 1898, tras las guerras de Cuba y de Filipinas, los francmasones fueron tachados de traidores a la Patria.

Si hasta 1931 al antimasonismo español contaba con más efectivos que la masonería, si hasta entonces la parte de España que se oponía a las Luces perseguía en la Francmasonería a un fantasma, los años de la Segunda República vieron florecer todas las manifestacines de asociacionismo, la sociedad española tuvo la primera oportunidad de alcanzar su mayoría de edad, la Francmasonería devino una cultura, más que una organización, influyente, y el antimasonismo redobló sus esfuerzos, ahora sí con un enemigo al que combatir. El antimasonismo, nacido del pensamiento tradicionalista español, con influencias clericales italianas (P.M. Giustiniani) y francesas (Augustín Barruel, Louis Gaston de Ségur[iv]) se sumará al fascismo e integrará uno de los mitos del nacional-catolicismo español.

El antimasonismo no dejará de influir, sin embargo, fuera del ámbito de las fuerzas conservadoras, no ya en la Internacional Comunista, como es sabido, sino en el propio Partido Socialista Obrero Español, en el que en marzo de 1934 se prohíbe a los francmasones acceder a cargos de dirección. Aunque el Partido Socialista fue, durante el exilio, gobernado, mayoritariamente, por francmasones, aquel antimasonismo germinal de 1934 se sumó en los años setenta del pasado siglo al distanciamiento hacia la Francmasonería de la generación de jóvenes católicos de izquierdas que lideró el Partido durante los años de gobierno –de otro lado, intensa y provechosamente reformistas- de Felipe González. La desafección de la mayoría de afiliados del Partido Socialista hacia la Francmasonería explica, en parte, las dificultades para la reconstrucción de la Orden en España, a diferencia, por ejemplo, de lo ocurrido en Portugal. Explica, también, las razones por las que el principio de laicidad no ha ocupado el espacio central de la política española hasta la llegada al Gobierno en 2004 de la generación de José Luis R. Zapatero.
El nacional-catolicismo, como decía, incorporó a sus dogmas fundacionales la persecución de la Francmasonería. El falangismo, desde luego, pero también los demás grupos integrantes del llamado Movimiento Nacional. La política de mano tendida que propusieron algunos falangistas “abiertos” como Dionisio Ridruejo o Joaquín Ruiz Giménez incluyó a pensadores como Ortega o Unamuno, y a sus discípulos, pero se mantuvo como una política de intransigencia, compartida con carlistas y “tecnócratas”, respecto a los francmasones y a los marxistas[v].

En esta cuestión, el propio general Francisco Franco juega un papel protagonista. En primer lugar, por el exterminio de los francmasones que se produce con extrema rapidez en cada una de las ciudades que, durante la guerra civil, cae bajo el control nacionalista. En segundo lugar, por la publicación de 49 artículos escritos por Ernesto Jiménez Caballero, corregidos por Franco y por Carrero Blanco, y publicados con la firma J. Boor en el diario Arriba entre 1946 y 1951. Posteriormente, se compilaron en un libro titulado Masonería. Franco llegó al extremo de recibirse a sí mismo en audiencia, incorporando a la agenda de personalidades recibidas durante una jornada en El Pardo a Mr. Jacking Boor (sic).

La historia posterior, bajo la vigencia de la Ley de Represión de la Masonería y del Comunismo de 1º de marzo de 1940 –calificada por un libelo de 1942 como tan españolísima disposición- es, suficientemente, conocida. La persecución de la Francmasonería durante los años comprendidos entre 1936 y 1975 corre pareja a la aniquilación en España de la libertad de conciencia, un interés compartido entre el Nuevo Estado y la Iglesia Católica Romana. Los efectos de la conversión de España en un erial sin pensadores se arrastran hasta hoy, cuando aún no ha podido cumplirse plenamente el mandato constitucional de separación entre la Iglesia y el Estado, el catolicismo sigue acogido al privilegio concordatario y recibe financiación pública para el culto y el clero, y el crucifijo preside la ceremonia de juramento de su cargo de los ministros ante el Rey. Un reciente borrador de proyecto de Ley (primavera de 2010) trata de resolver algunas de estas cuestiones, no todas, mientras recibe antes del debate parlamentario tantos y tan infundados ataques que, una vez más, el resultado final oscilará entre el statu quo o el retroceso.

He tratado de explicar en este trabajo cómo la Historia de la España contemporánea puede conmemorar el 250 aniversario de un movimiento antimasónico permanente y continuado, mientras que ha de conformarse con ciertos períodos de convivencia en paz (escasos, muy escasos, el más prolongado el que arranca de la Constitución de 1978 y de la integración en la Unión Europea en 1986), en los que la Francmasonería ha podido ejercer su labor. El antimasonismo ha contado con la propaganda y la represión del Estado y con los púlpitos de millares de iglesias. La Francmasonería ha contribuido a la difusión de los valores de las Luces ejerciendo como una escuela de formación de ciudadanos ¡Qué fuerzas tan dispares!
He querido, también, demostrar que la persecución franquista de la Francmasonería no es un capricho de nacional-catolicismo español (un fascismo anegado en agua bendita alimentador de un nacionalismo completamente ciego e ignorante), sino una herencia del pensamiento tradicionalista. La España blanca, la que se opuso al alumbrado público de las calles de Madrid impulsada por el Marqués de Esquilache (1766), la que busca en Dios y las leyes viejas la fuerza para oponerse a la democracia y a la libertad, la que se rasga las vestiduras ante la aceptación de los derechos de la mujer, ante la supresión de las discriminaciones nacidas de la opción sexual, y ante la construcción de la unidad nacional desde el reconocimiento, con trazos federales, de la diversidad, es la España antiliberal y antimasónica. 

La España encerrada en sí misma, que odia a lo extranjero, que no habla más lengua que el castellano, que es incapaz de comprender la riqueza humana de la España plural, es, en efecto, la España antiliberal y antimasónica[vi] [vii]. La España negra, la del pronunciamiento constitucional de Riego en 1820, la de la revolución de 1868, la de la efímera primera República de 1873, la de los profesores que se sacudieron la tutela de los obispos para defender la libertad de la ciencia, aun a costa de perder sus cátedras, la de los maestros republicanos que desde 1931 enseñaron a miles de niños a leer y a escribir, … es la España liberal, abierta y tolerante de la que podemos sentirnos orgullosos y a la que la Francmasonería ha aportado su grano de arena.


[i] Las Publicaciones de Propaganda Social [se anunciaba: pedidos a Manuel Silvela, 7 de Madrid], publicadas durante la II República son una de las fuentes de activismo antimasónico. Tenían tres series: anticomunista, social (sic) y antimasónica. Entre las críticas a la francmasonería se incluyen: apoyar el sufragio universal, defender la Sociedad de Naciones, propugnar el laicismo, suprimir las Embajadas ante la Santa Sede, impulsar la escuela republicana, implantar el divorcio (calificado de ruso)…, Todo lo cual constituye un programa de actuación que poca gente sensata discutiría a estas alturas del siglo y que, en buena medida se reflejó en la Constitución de la República Española de 1931, objeto también de las iras de este colectivo que llega a publicar un paralelismo entre resoluciones de las asambleas masónicas y artículos de la Constitución. Junto a este elenco de reivindicaciones, las Publicaciones tachan también a la francmasonería de satanocracia, hija de Voltaire, instrumento de judaísmo, directores del bolchevismo,
[ii] El inefable charlatán Léo Taxil llega a publicar, además de las traducciones al castellano de sus obras francesas, un fantasioso La España masónica, batiburrillo del resto de sus elucubraciones con algún vínculo en nuestro país (Imprenta y Librería de la Inmaculada Concepción, Barcelona, 1888).
Un libelo de 1942, La Masonería en acción, publicado por Ediciones Toledo, resumía el ideario antimasónico: ¡Judaísmo! ¡Masonería! ¡Comunismo! He aquí los tres puntos de este triángulo, símbolo máximo de los ritos de las logias. Masones y judíos son los autores del socialismo y bolchevismo (pág. 14).
[iii] El librito, junto con otro del mismo talante, Los francmasones, lo que son, lo que hacen, lo que quieren, fue encuadernado en un solo volumen titulado Miscelánea, para la Biblioteca de las Escuelas Pías de Moià, de donde pasó a la Biblioteca provincial de l’Escola Pia de Catalunya. Sensatamente, los escolapios se deshicieron de él. Lo adquirí en la librería Farré de la calle Canuda de Barcelona.
[iv] La obra de este último Los franc-masones: lo que son, lo que hacen, lo que quieren se difunde en España mediante una traducción castellana editada en 1870 por la Imprenta de José Souto en Santiago.
[v] La estela del combate anti-masónico del falangismo se extiende hasta hoy, por ejemplo, en una obra del profesor Juan Velarde Fuertes, vicepresidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, titulada El libertino y el nacimiento del capitalismo, La esfera de los libros, Madrid, 2006, salpicada de los tópicos más manidos sobre el tema.
[vi] Quintaesencia de la España blanca es la obra de un policía (franquista), la misma profesión de Mauricio Carlavilla, que se aprovecha de su acceso a los archivos de la represión: Eduardo Comín Colomer (1908-1975). Publicó en 1952 Lo que España debe a la masonería, un tema recurrente en sus trabajos, compendio de la visión más imperial de la Historia de España, la que considera, por ejemplo, como un engendro constitucional la primera Carta Magna aprobada por los españoles en Cádiz el año 1812 (página 72). La colección de libros masónicos de Comín se halla hoy en la Biblioteca Nacional.
[vii] El antimasonismo catalán ha descubierto un peculiar representante en Albert Anglada Freixer, autor de un impresentable Secretos de la masonería (intereses masónicos franceses en la España de hoy), Ediciones del Equilibrio, marzo de 2006, una obra superficial guiada, sobre todo, por una enfermiza animadversión hacia Josep Lluis Carod-Rovira y Joan Puigcercós y hacia Esquerra Republicana de Catalunya, el partido al que muchos masones y masonas consideran propio (página 29). En la portada del libro, se ve a Joan Puigcercós en posición como de darle instrucciones a José Luis Rodríguez Zapatero…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En el artículo se percibe ciertos errores y tópicos de bulto que siguen la ideología predominante, muchas veces defendida tanto por masones como por antismasones.

Por ejemplo, la manía de identificar a la Masonería ante todo con la acción política y social, además de con una ideología determinada, cuando no es un club político.

El carlismo por ejemplo, no fue nunca centralista, en tanto foralista y defensor de un idea orgánica del Estado. El centralismo y uniformización del Estado provienen del liberalismo y aun del jacobinismo, de tradición francesa, ideales estos de la izquierda del siglo XIX y aun del XX, y de los que seguro que presumirá el autor como próximo a la Masonería. Claro que queda muy bien decir eso de "trazas federales" a lo que no son sino minicentralismos jacobinos, pensando que eso es defender la pluralidad de España, y quedarse tan pancho.

Otro ejemplo más: la Masonería en tiempos de los Estuardo fue católica y fiel a su rey.

En fin... la cosa dista de ser tan simple como para reducirla a España blanca, España negra, malo y buenos. Pero así va la cosa, y parece bueno y moderno, pues nada.

Anónimo dijo...

Joan-Francesc Pont Clemente 10 de octubre de 2010 a las 9:04
Resp.:
No he querido ser reduccionista, pero justo es reconocer que el antimasonismo se ha dado, sobre todo, entre los sectores antiilustrados. La España blanca sempre se opuso a la Modernidad, a las Luces y a la Constitución. Hubo, desde luego, sectores antiilustrados y por ende antimasónicos en la izquierda y lo he recogido en mi trabajo.

No creo ni he creído nunca en el maniqueísmo de buenos y malos, sino, más bien, en un reconocimiento de la complejidad, lo que implica valorar la aportación de cada persona y de cada gupo a la Historia.

Claro que el carlismo no fue centralista, fue siempre foralista y, por tanto, antiestatista, anticonstitucionalista, antiliberal y antidemocrático.

No, no identifico a la francmasonería con un club político, pero sí con una cultura política basada en la idea de ciudadanía, que admite cualquier opción democrática. Una cultura de lealtad a las instituciones de cada momento histórico.

Los rasgos federales de España no deberían ser, para mí, la suma de mini-centralismos, sino una fórmula de unión en la diversidad.

En fin, muchos temas para un breve espacio, cada uno de los cuales puede debatirse serenamente.

Joan-Francesc Pont Clemente

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