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personales de su autor como Maestro Masón

8 de diciembre de 2016

ESPIRITUALIDADES LAICAS. V. GUERRA. ACADEMIA V IMPERIO (Oporto)

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Hace semanas, se me invitó una vez más al encuentro de logias y Capítulos de Rito Moderno y Rito Francés , anexionados al Grande Oriente Lusitano, reunidos en torno a la mesa de la Academia V Imperio, que preside el Venerable de la Logia Estrela do Norte de Oporto.

Este año tocaba desarrollar una serie de trabajos sobre o bajo el lema de ESPIRITUALIDADES LAICAS., a cuyo  evento fuimos invitados como ponentes otros dos  Hermanos,cuyas intervenciones no dispongo aún pero que iré publicando a medida de que estas me lleguen. 


Mi exposición  es la que a continuación expongo para conocimiento general de nuestros trabajos en el seno de la ACADEMIA V IMPERIO..

ESPIRITUALIDADES LAICAS.

Muy Ilustres dignidades en la mesa, Hermanos entre columnas, en vuestros grados y cualidades.

Corresponde en primer lugar, como es preceptivo dar las gracias a las Logias y Capítulos del Rito Moderno y Francés que trabajan bajo los auspicios del Grande Oriente Lusitano, por esta amable invitación a participar en el 4º Ciclo de Estudios de la Academia V Imperio, que me permite una vez más, reflexionar sobre el acontecer masónico que nos ha tocado vivir como hombres y mujeres del rito Moderno y Francés. 

Lo cierto es que el enunciado que se nos propone este año, nos sitúa a los que trabajamos bajo el amparo del Rito Moderno o del Rito Francés, en difíciles tesituras, ya que de mano deberíamos rehuir estas emboscadas conceptuales en las cuales se está desenvolviendo la sociedad actual y la propia masonería.

No es que yo rehúya debatir la propuesta, muy al contrario, deseo haceros comprender, Estimados Hermanos, que tal vez el tema a debatir tenga más relación con otras ritualidades más «permeables» a la hora de englobar en su estructura reflexiva esa seudo búsqueda espiritual, con intención de calmar la sed que nos ha deparado una evolución general de nuestra propia cultura, en la cual la religión como asidero sólido ha perdido su función. 

Tal vez, desde esa perspectiva el tema pueda resultar interesante, pero ello, no debe ser a riesgo abandonar o dejar de lado nuestras propias referencias como herederos del rito primordial de Fundación.

Es un tema este, que ya los teólogos católicos vienen abordando desde hace tiempo y cuyas directrices marca muy bien el libro del jesuita Mariano Corbí: Hacía una espiritualidad laica (2007).

Una propuesta que en masonería parece encaminarnos hacia la consignación de una espiritualidad místico-esotérica, la cual es conocido que tiene encaje en algunas propuestas rituales masónicas actuales, como así se viene constatando al estudiar algunas estructuras masónicas y el cariz de sus reflexiones.

Sin embargo, en nuestro caso, como miembros de la comunidad ritual del rito Modernos o Francés, creo que no debemos perder de vista la referencia de nuestra propia historia y tradición.

En 1717, nuestros antecesores pusieron en pie un espacio de consenso, desacralizado, donde pudieran caber «todos»; cada uno con sus creencias religiosas y políticas: anabaptistas, unitaristas, trinitarios, calvinistas, luteranos, católicos y hasta «estúpidos ateos» y libertinos, motivo por el cual creyeron necesario articular la creación de un «espacio logial» basado en el latitudinarismo , porque como decía el Hermano Charles Porset, «la masonería de ese momento no podía ser nada más que un sincretismo» si es que se quería que el imperio de la razón tuviese futuro, que era lo que perseguían Desaguliers y los suyos. 

Sin embargo, hubo quien poco después del establecimiento de la Gran Logia de Londres quiso retornar a los viejos cánones del mundo religioso medieval, al oscurantismo que había presidido tantas almas, retornando a los caducos moldes de la masonería noaquita de los operativos, queriendo convertir esta primigenia masonería de 1717, nacida de la «utopía y la razón» en un instrumento al servicio de las creencias religiosas y el Estado.
Han pasado los siglos, y hoy a las puertas del siglo XXII nos encontramos ante una masonería universal cuya fisonomía es plural y uy diversa, la cual con el paso de los años se ha ido consolidando como una sociabilidad en acción que desarrolla a su vez una activa tarea como tal «masonería de compromiso».

Pero no debemos olvidar que de aquellas divergencias nos han quedado pegadas a nuestro quehacer cotidiano las sempiternas propuestas de insertarnos en una vaga y mística búsqueda que al final ha terminado por instalarse en nuestros debates promoviendo conceptos seudo místicos como el silencio, las trascendencias, la búsqueda interior, la mejora personal, etc., a modo de originales y verdaderos modelos de acción masónica. 

En 1723 se nos dio a conocer por primera vez a través de las Constituciones de Anderson la posibilidad que tenían los masones de trabajar en estructuras organizadas como «hombres libres y de progreso», desde entonces mucho han luchado los masones por quitarse de encima cuestiones como la trascendencia, la divinidad, etc , temas como ya he dicho están en nuestro bagaje como colectivo.

Aunque no será hasta 1872 en Bélgica, y luego en 1877 en Francia, cuando el GOdF, opte por sacudirse de forma tangencial pero efectiva al imperante GADU *, a modo de oxímoron expresivo de ciertas creencias y tradiciones  en base a «la supresión de la obligación de la creencia en Dios y la inmortalidad del alma» como cuestiones imperativas para ser masón, lo cual fue derogado del ámbito logial del GOdF, (aunque el REAA siguió utilizando dicha fórmula) pues no es menos cierto, como exponen algunos estudiosos, que el GADU en aquellos momentos y representado por las estructuras rituales masónicas empezaba a manifestarse como un destructor del ideal masónico, al convertirse en un referente muy concreto de las creencias religiosas.


En pleno siglo XX, tras las tesis positivistas y el racionalismo que amenazaba con devorar todo el quehacer simbólico en las logias, hay un hecho que marcará un punto de inflexión en el seno del Rito Francés, y es la actuación del Gran Maestro del Gran Oriente de Francia, A. Groussier, el cual empujado, yo creo que, por presión de las corrientes más racionalistas, y bajo la poderosa influencia de masones como O.  Wirth, de Marius Lepage, y queriendo buscar un difícil «equilibrio» simbólico para su obediencia, será finalmente quien plantee la fórmula de la «búsqueda simbólica», cimentando de este modo la exploración hacia una potencial y primigenia «espiritualidad laica».

Está claro que no fue tan solo la voluntad de Groussier quien determinó esa búsqueda, sino más bien la evolución cultural de la propia masonería, que pasó de la «no creencia» manifestada en la expresión de una neutra antecámara en la recepción masónica donde se recluía al profano tal y como nos muestran las Divulgaciones del siglo XVIII, y de ese espacio neutro hemos pasado a otro estadio el cual era importante rellenar de aditamentos y tradiciones con el objeto de darle cierta seriedad el quehacer masónico , sustituyendo de forma paulatina esa antecámara y esa recepción masónica, por un gabinete de reflexión lleno de cabalismos y realidades herméticas, todo ello exógeno al hecho masónico, que vino a su vez respaldado por la aparición de la leyenda hirámica,

Un corpus que se fue construyendo en base a reelaborar algunos conceptos primigenios como la «aceptación» masónica tan neutra como habían querido los padres fundadores de 1717 que fueses, pasando a la «iniciación» que hoy conocemos, la cual forma parte de la columna capitel de toda una concepción, en la cual la «masonería es una institución esencialmente iniciática»,

Una masonería donde los pedestales que sostenían el Libro de la Ley, pasaron a ser altares para sostener el VLS, que fueron a su vez desplazados del centro de taller, donde está el cuadro de logia, hacia la «Luz», colocando en tal sitial un símil de altar haciendo aparecer a su vez la «espada flamígera», y así peldaño a peldaño nuestros candelabros fueron convertidos en columnas sobre las que se ha superpuesto grandes cualidades, y de esto modo, es como hemos asumido todo ello como parte de la primigenia masonería y de la tradición.

Echando por la borda el hecho de que la masonería constituyese, como así lo expresan los primeros textos ritualizados «una escuela de la vida por el hecho de reunir a los hombres para conversar y banquetear, bajo formulas muy sencillas, un tanto ritualizadas, y un ramillete de símbolos hurtados a los viejos masones operativos».

Si bien en el siglo XVIII y en Inglaterra no eran posibles muchos de estos cambios, sobre todo en los comienzos dadas las especiales circunstancias de orígenes y creencias de aquella masonería del momento, no sucedió lo mismo en el Continente, donde la masonería que pasó el Canal, y que como tal se desarrolló en suelo francés generó toda una deriva particular y singular tras su encuentros y desencuentros con el catolicismo imperante, su entrechocar con las Luces, y su huida de la Reforma, lo cual al final de todo un proceso, podemos decir que se dio en el seno de la masonería continental (francesa) una dicotomía distinta a la inglesa al presentar digamos que dos grandes corrientes, tal y como nos expone Jean-Charles Nehr. 

Por un lado, los hombres preocupados por la humanidad, buscando desde sus ámbitos la lucha por una sociedad esclarecida y la mejora del hombre y la sociedad desde perspectivas filantrópicas, que devendrán tras años de acción en una posición activa, tanto social como política por parte de las logias, mantenida tal acción por hombres ajenos a las búsquedas iniciáticas. Lo cual se expresa muy bien en la Francia del siglo XIX, con la creación de la ley de 1905, y la preocupación por hacer patente que el trabajo masónico se trabara en pro de la «república universal» de los masones.

Luego, estaban aquellos otros Hermanos que verán a la masonería como el transporte ideal que aseguraba gracias a los símbolos y al conocimiento, una permanente búsqueda iniciática, objeto único de su preocupación, respetando las diversas concepciones, pero realizando un esfuerzo notable de coherencia muy cuidadoso y elaborado  por comprender el fenómeno divino y su sabiduría y su orden dentro del Cosmos; Dichos Hermanos hacen devenir a la propia masonería en la expresión ultima de la búsqueda esotérica-iniciática, que ha generado que muchas otras escuelas de pensamiento penetrasen a la masonería a modo de caballos de Troya, lo cual ha significado que las corrientes hermético-cabalísticas, las escuelas pitagóricas o las variopintas temáticas rosacrucianianas se hayan albergado cómodamente en toda nuestra estructura, y sobre todo en nuestros Altos Grados. Digamos que para estos Hermanos todo sirven en pro de la «progresión iniciática».

Está claro, que los expuesto es un cliché, pues entre ambos extremos hay toda una gama de masones de muy diversos matices y tendencias, que conforman la melange masónica universal, tan plural como diferente.

Está claro que estas posiciones que comento, conllevaron renuncias importantes, y como tal como le afectó al Rito de Fundación, al Rito Moderno, el cual quedó relegado en tanto que era fiel a los principios primordiales de 1717 manifestado en 1723, rehúyendo toda posición religiosa y esotérica, tal y como remarca la herramienta de codificación que nos iguala a todos el Régulateur du Maçon, de forma muy expresa,

Estaba claro que nuestro rito no era un buen instrumento para acarrear la ansiada búsqueda iniciática, de hecho, quienes han querido hacerlo desde esta perspectiva, como René Guilly, y otros, lo más que pudieron hacer para no romper el molde de los «Modernos», lo único que pudieron hacer fue introducir unas plegarias y unas cuantas citas del GADU en el texto ritual. 

Seamos claros, sin embargo sí que apareció un vehículo especial, maleable y permeable a todo tiempo y realidad, capaz de asumirlo todo a modo de agujero negro, y cuyo carro paradisíaco no fue otro que el Rito Escocés Antiguo y Aceptado (REAA) que se convirtió en la estrella ritual acomodaticia a las necesidades de cada momento y necesidad política estructural de las Obediencias masónicas, para de este modo «reunir lo disperso» y congregarnos a todos en la ansiada «búsqueda iniciática» que en parte vendrá auspiciada por la proliferación de los llamados Altos Grados. 

No cabe duda, tal y como  explica Nehr, en su magnífico libro (simbolismo y francmasonería) hubo un factor anterior muy determinante que abrió la gran espita  a la búsqueda iniciática , y este hecho no es otro que de la leyenda hirámica que marcó un relato coherente para una búsqueda más allá de la razón,. 

Frente a ciertas lagunas que presentaba el relato, aparecieron nuevos grados que instalados en el «secreto» intentaron cubrir tales huecos en un ensayo de  acceder a los desconocidos poliformismos de la respuesta  masónica, la cual que se nos presenta como el «posible acceso a una serie de ceremonias iniciáticas que provocan la revelación a modo de algo «desconocido» y por  «iluminación», y que como remarcaba Paul Naudon: «el objeto de la iniciación es conducir al individuo al Conocimiento por una iluminación interior, proyección y aprehensión del centro de mí  mismo y de la luz trascendente». 

Desde este tipo de declaraciones, el mensaje ha ido calando de tal forma que el símbolo no era ni es un inocente elemento decorativo, ni una alegoría , «sino la substancia misma de la vida iniciática», por tanto no es raro que se plante en nuestras filas dentro de esta óptica que «el simbolismo es simplemente la unión entre el francmasón y dios», por cuyo motivo podemos indicar que el GADU, un elemento neutro, y de consenso de 1723, ha devenido de nuevo en una divinidad simbólica que hoy podríamos sintetizar en la búsqueda iniciática de una cierta espiritualidad laica.

De algún modo durante todos estos últimos años hemos estado creando un fantástico realismo simbólico alrededor de cuestiones como la Iniciación, la leyenda hirámica, la palabra perdida, las cuales se nos plantean en el tapete de debate masónico a modo de un accésit hacia un conocimiento superior en el cual parece estar de un modo u otro inmersa toda la masonería mundial, no hay nada más que entrar en las redes sociales para ver cómo entienden y se manifiestan los masones de hoy en día.

Y en esas estamos, ante un tema a debatir, el cual creo, y es mi opinión personal, que pertenece más a la teodicea que a la masonería.

A este respecto, y a modo de propuesta tal vez habría que recuperar un pasaje del viejo ritual «Moderno» sobre la Elevación a la Maestría que nos platea del Recuil de 1788, ( Berné), y puesto que me ha hecho considerar nuevas formas del compromiso masónico.

Ese pasaje nos indica cosas esenciales acerca de la manera en que ha sobrevivido la Tradición, sobre la manera en que la Luz prevaleció y sobretodo en la manera en que la transmisión se efectúa, a pesar de los ascetas y sus renuncias y sus diferentes tretas.

Debo recordar que nuestro ritual del Rito Moderno no es inofensivo, y puede encontrarse en él la necesaria tenacidad para la búsqueda y la importancia del método (recomenzad vuestra búsqueda poniendo un cuidado más minucioso), con el ejercicio de la perspicacia (con el descubrimiento de un montículo con una rama de acacia, calificada de «indicio»).

Esta personificación es una de las técnicas que permitiría la identificación, es decir ese proceso de interiorización por el cual hacemos nuestras las nuevas cualidades, sino que propone una formulación ritualística más poderosa. Se puede ver en el Noveno Maestro la figura mítica del Compromiso del Maestro Masón, que jamás renuncia, sobre todo, a ser lo que es: el sucesor de Hiram, Hiram mismo; lo cual debe hacerle renacer progresivamente en sí, por su trabajo, por compromiso y sus obras de Constructor. Digamos que la soledad no le desorienta. El compromiso y el abandono de los demás no le hace desviar de la conducta que le impone su condición, esa condición que él ha buscado y aceptado.

El Noveno Maestro es el Hermano por el cual la Tradición sobrevive, porque él es la Tradición.

El descubrimiento del cadáver de Hiram simboliza la transmisión de la Tradición y del Conocimiento, la búsqueda del Maestro, indisociable de enfrentamiento con la muerte y de la emancipación del terror que inspira a los humanos. En sentido literal, los 9 Maestros Masones «buscan al maestro» y encuentran en la Muerte la última enseñanza de Hiram, esos 9 Maestros Masones que lo eran, tienen una última enseñanza en el Noveno Maestro, gracias al cual el Maestro accede, a través de esa muerte escapar al miedo tiránico que inspira el estado último de la Maestría: la Libertad.

Conclusión:
A veces nos hemos equivocado al reformular y adaptar los rituales a las circunstancias ideológicas y obedienciales, y digamos que con ello nos hemos empobrecido, por un proceso que se está dando en toda la masonería a través de un profundo proceso de «mundanidad» que consiste en estandarizar, y en simplificar el texto y el contexto, y por el hecho de estar más ojo avizor a las circunstancias que el apego a la tradición.

Tenemos como ejemplo, la introducción en nuestros rituales los textos que incitan a ese tipo de búsquedas, lo cual podría ser de interés estudiar esa reintroducción. Pero para ello tenemos que seguir siendo libres. 

Libres de ajustar la formulación de nuestras herramientas al entorno en el cual nuestra Orden opera, ser libre de hacer renacer eso que ha estado perdido, sin miedo, pero sin perder la referencia a nuestra identidad.

Aunque no por ello dejan de surgir otras cuestiones tan fundamentales como saber ¿cuándo decir no? ¿Cómo decir no? Y ¿Cómo fijar la diferencia entre compromiso y obstinación? O ¿cuándo abandonarlo todo? En ese momento el Noveno Maestro aparece y responde a esas cuestiones. Su actitud no es la de rehusar «totalmente» o sea volverse y abandonar si la búsqueda se muestra infructuosa o imposible.

Simplemente él ve aun la posibilidad de llevar a cabo una cosa y juzga que debe hacerla. Desde ese punto de vista, el Noveno Maestro no es simplemente un «buen» hermano que se opone a los otros ocho que podrían ser considerados como los «malvados» Hermanos, débiles, perezosos, indiferentes o aún negligentes.

Por el contrario, esto pone de manifiesto que a veces las circunstancias nos colocan en el bando de «los ocho» como la viva representación de la falta de discernimiento, la negación, de no ver eso que todavía puede hacerse antes de renunciar, o que nos define: nuestra Búsqueda y las razones para hacerla. 

El Noveno Maestro es el maestro que asume su compromiso y por tanto es el hombre por el cual la tradición masónica sigue viva. Su compromiso radical, pero sereno y reflexivo, su determinación definitiva y su “celo” del cual nos hablan los antiguos escritos, son la marca del Maestro, que no rechaza abordar con celo el debate de la necesidad de una espiritualidad laica, sino que sitúa está en los contextos que le son pertinentes, y esa es la respuesta que debemos buscar desde nuestra condición y herencia «Moderna» 

Victor Guerra. MM.:. del Rito Moderno, 5ª Orden de Sabiduría y 9º grado. 

  • Venerable de la Logia Investigación «Los Modernos»
  • Presidente del Circulo de Estudios del Rito Moderno/Francés Roettiers de Montaleau.
  • Co-fundador de Europa Laica
Recomendaciones bibliográficas de la Plancha leída
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